No todos los grandes directores del anime nacen entre aplausos. En el caso de Tetsuro Araki, el hombre que llevó Attack on Titan a la cima, el punto de inflexión fue un “fracaso” llamado Guilty Crown… y el dolor de escuchar que su obra era “un anime de mierda”.
El caso de Araki nos deja una lección clara: la genialidad casi nunca sigue una línea recta. Solemos pasar por alto que los elementos que hoy definen el impacto visual de Shingeki no Kyojin se forjaron realmente en el campo de pruebas que fue Guilty Crown. El verdadero ‘riesgo creativo’ no fue simplemente intentar algo nuevo, sino tener la resiliencia para aceptar que una obra puede ser un desastre narrativo y, al mismo tiempo, el entrenamiento técnico necesario para crear una obra maestra.
La serie llegó en 2011 de la mano de Production I.G y desde el primer momento generó opiniones divididas. Todos reconocían su potencia visual y una banda sonora fuera de serie, pero la trama fue tachada por buena parte del público de desordenada y poco satisfactoria. Tiempo después, el propio director, Tetsuro Araki, reconoció en una entrevista que esas críticas le llegaron a doler en el fondo.
Más allá del meme de “anime roto pero bonito”, lo interesante aquí no es solo lo que se dijo de Guilty Crown, sino cómo ese fracaso terminó empujando a Araki hacia uno de los mayores éxitos de la historia reciente: Attack on Titan.
Durante la conversación, Araki no da rodeos. Se refiere a Guilty Crown como una “producción con mala suerte” y admite lo duro que fue para él presenciar cómo el trabajo de todo el equipo parecía pasar desapercibido.
Comentó que sentía que la obra recibió muy poco crédito pese a lo que habían conseguido en lo técnico: “Hicimos cosas realmente impresionantes y difíciles, pero al final, fue descrito como un ‘anime fallido y de mierda’”.
Ese contraste —innovación visual y de producción por un lado, rechazo narrativo por otro— es parte de lo que hizo de Guilty Crown un caso tan sonado. No era un producto mediocre en todos los frentes; era un anime que apuntaba alto y se estrelló con fuerza en el punto más delicado: la historia.
Lejos de quedarse en la queja, Araki explicó que entendió qué había salido mal en la narrativa y decidió usar esa experiencia como combustible. El golpe de Guilty Crown se convirtió en el punto de partida de su siguiente movimiento: buscar un proyecto donde su estilo sí encajara y su trabajo fuera valorado.
Esa oportunidad de redención llegaría con Attack on Titan. Fue el propio Araki quien impulsó la adaptación del manga de Hajime Isayama dentro del recién creado WIT Studio, contando con Tetsuya Nakatake y Joe Wada. Lo que vino después todos lo conocemos: su estilo de dirección intenso, el ritmo trepidante y una escenografía monumental encontraron en Shingeki el lienzo ideal. Un éxito total, justo el polo opuesto a su experiencia anterior, donde las ideas chocaban constantemente con una historia que no las sostenía.
Es irónico, pero bastante lógico: sin el “error” de Guilty Crown, es posible que Araki no hubiera tenido la misma claridad sobre qué tipo de historia necesitaba para explotar su estilo al máximo.
Después del terremoto que fue Attack on Titan, Araki no se durmió en los laureles. Siguió explorando el terreno de los proyectos originales, como Kabaneri of the Iron Fortress y Bubble. En ambos se respira la misma esencia de Guilty Crown: entornos postapocalípticos, una dirección de arte impactante, bandas sonoras de primera… y, también, una recepción dividida que volvía a señalar debilidades en el guion.
Según el propio director, su meta sigue siendo la misma: dirigir un anime original que funcione de forma redonda, uno que no solo deslumbre en lo técnico, sino que también lo “redima” a ojos del público en el terreno donde más se le ha señalado: la narrativa. Es decir, Araki no ha cerrado el capítulo Guilty Crown; convive con él como una especie de deuda pendiente creativa.
El caso de Guilty Crown es interesante por lo que dice sobre la recepción del anime actual. Para una parte del fandom, sigue siendo el ejemplo perfecto de “todo al máximo salvo el guion”: personajes que no terminan de cuajar, decisiones de trama difíciles de justificar y giros que parecen más un intento constante de subir la apuesta que una construcción coherente. Para otros, en cambio, es una “joya incomprendida” que intentó condensar demasiadas ideas ambiciosas en un espacio limitado.
Lo que sí es claro es que su impacto fue real: ayudó a empujar ciertos estándares de producción, dejó una banda sonora memorable y, sobre todo, marcó a su director hasta el punto de redirigir su carrera. Que hoy tengamos Attack on Titan tal y como lo conocemos está ligado, en parte, a que antes hubo un Guilty Crown que no terminó de funcionar.
En ese sentido, la pregunta ya no es solo si Guilty Crown “merece” el odio que recibe, sino qué hacemos como fandom con los tropezones de los autores: ¿nos quedamos en el meme de “anime de mierda” o también reconocemos el papel que esos fracasos juegan en construir los éxitos que luego aplaudimos sin dudar?
Información de base vía SomosKudasai. Análisis y perspectiva editorial por Hub-Anime.