El debate sobre el “Nuevo Big Three” no va solo de nostalgia: habla de cómo ha cambiado el anime, del poder del streaming y de si Jujutsu Kaisen, Demon Slayer o My Hero Academia pueden realmente ocupar el lugar de One Piece, Naruto y Bleach.
Si creciste a principios de los 2000, conoces la rutina. Llegar del colegio, tirar la mochila en cualquier rincón y encender el televisor para ver ese bloque de programación sagrada en Toonami, Jetix o el canal local de turno. No era solo entretenimiento; era un ritual.
Durante casi quince años, la industria del manga y el anime estuvo sostenida por tres pilares inamovibles. No es una exageración poética: el término “The Big Three” (Los Tres Grandes) no fue un invento de los fans para debatir en foros de Internet, sino una realidad financiera. A mediados de la década de 2000, One Piece, Naruto y Bleach eran los responsables de mantener a flote las ventas de la Weekly Shonen Jump en una época donde el formato físico comenzaba a tambalearse.
Estos tres titanes no solo compartían revista; eran los tres jefes finales que nadie podía bajar del trono. Si te gustaba el anime, veías uno de los tres, o veías los tres. No había escapatoria. Eran series kilométricas, con emisiones semanales ininterrumpidas que nos acompañaron desde la infancia hasta la adultez.
Sin embargo, estamos en 2026. El paisaje ha cambiado radicalmente. El consumo es digital, la paciencia del espectador es menor y la oferta es abrumadora. Ante la explosión de popularidad de títulos como Jujutsu Kaisen, Demon Slayer o My Hero Academia, surge la pregunta inevitable y la tesis de este artículo: ¿Existe realmente un “Nuevo Big Three” capaz de heredar la corona? ¿O estamos intentando forzar una etiqueta obsoleta en un mercado que ya no funciona bajo las reglas del monopolio?
La respuesta corta es no. La respuesta larga es mucho más interesante y requiere que nos quitemos las gafas de la nostalgia para analizar la cruda realidad de la industria.
Para entender el presente, hay que diseccionar el pasado. ¿Por qué Naruto, One Piece y Bleach? ¿Por qué no Dragon Ball (el padre de todos) o Hunter x Hunter? La respuesta radica en la constancia y la convivencia temporal. Estos tres monstruos coexistieron en su “prime” al mismo tiempo, creando una tormenta perfecta de fandoms rivales pero complementarios.
Hablemos claro: One Piece es una anomalía estadística. En 2026, con la Saga Final en pleno desarrollo, la obra de Eiichiro Oda sigue siendo relevante. Ninguna otra obra de ficción moderna ha mantenido una calidad narrativa tan ascendente durante casi tres décadas.
El punto fuerte de One Piece siempre fue su worldbuilding. Mientras otros animes se centraban en las peleas del momento, Oda construía una geopolítica, una historia de siglos y un misterio que nos tiene atrapados hasta hoy. Es el único del Big Three que sobrevivió intacto al paso del tiempo sin necesidad de secuelas o pausas de una década. Es el Rey indiscutible, y quien diga lo contrario está peleando contra los datos.
Si One Piece es el rey de Japón, Naruto fue el rey de Occidente. Masashi Kishimoto logró algo que Oda tardó más en conseguir: conectar visceralmente con el adolescente occidental. La historia del marginado que busca reconocimiento es universal.
Naruto no tenía el mundo más complejo, pero tenía el corazón más grande. Sí, el final de Shippuden fue caótico y la escala de poder se rompió (pasamos de ninjas tácticos a magos nucleares), pero el viaje de Naruto Uzumaki definió a una generación. Su impacto cultural es innegable: ver a atletas de la NBA o futbolistas de élite haciendo sellos de manos en 2026 es prueba de que Naruto ganó la batalla cultural.
Aquí es donde seré subjetivo pero justo. Durante años, Bleach fue el “hermano menor” del Big Three. Tite Kubo es un genio del diseño, un maestro de la estética y el “drip”, pero su narrativa a menudo sufría de repetición.
Sin embargo, Bleach ha envejecido como el buen vino. Mientras que Naruto y One Piece a veces pecaban de una animación inconsistente en sus emisiones semanales originales, el regreso de Bleach con Thousand-Year Blood War (TYBW) demostró que, con una producción moderna, la obra de Kubo es visualmente superior a sus contemporáneos. Bleach nos enseñó que ser “cool” es un valor en sí mismo. Su influencia se nota hoy más que nunca en el diseño de personajes modernos.
El factor común: la eternidad. Lo que unía a estos tres no era el género, sino su presencia. Eran “eternos”. Estaban ahí cada semana, todo el año, con rellenos infumables incluidos. Eso generaba un hábito. Hoy en día, extrañamos esa constancia, aunque odiábamos el relleno.
El concepto del Big Three murió porque la industria cambió su modelo de negocio. Ya no existen (salvo excepciones como One Piece) los long-runners de emisión infinita.
La razón es simple: calidad vs. cantidad. A principios de los 2000, estudios como Pierrot o Toei Animation tenían que producir episodios semanales para no alcanzar al manga. El resultado era una animación muchas veces mediocre, reciclaje de planos y sagas de relleno que duraban meses.
Hoy, estudios como MAPPA, Ufotable o Bones han estandarizado el formato por temporadas (cour): temporadas de 12 o 24 episodios con descansos de uno o dos años.
¿Qué ganamos? Una animación casi cinematográfica en cada capítulo. ¿Qué perdimos? La permanencia en la conversación.
Un anime hoy en día explota en redes sociales durante tres meses y luego desaparece hasta el año siguiente. Esto hace imposible que una serie “domine” la década de la misma forma que lo hizo Naruto. La atención del público está fragmentada. La intención de búsqueda del usuario ya no es “¿Qué pasó esta semana en el mundo del anime?”, sino “¿Cuándo sale la próxima temporada de X?“. Ese cambio de hábito mató la posibilidad de un reinado absoluto.
Si tuviéramos que forzar la etiqueta de un “Nuevo Big Three”, los nombres usuales serían Jujutsu Kaisen, Demon Slayer (Kimetsu no Yaiba) y My Hero Academia. Pero, ¿están a la altura? Analicémoslos sin miedo.
Voy a decirlo sin rodeos: si Demon Slayer tuviera una animación promedio, nadie hablaría de ella como una obra maestra. La historia de Tanjiro es el shonen más genérico y básico que existe. No reinventa la rueda; de hecho, usa una rueda muy antigua. El “chico bueno” que mata demonios para salvar a su hermana. No hay la complejidad política de One Piece ni la oscuridad psicológica de Chainsaw Man.
Pero da igual. Ufotable convirtió una historia sencilla en un espectáculo visual sin precedentes. Kimetsu no Yaiba no compite con historia, compite con experiencia. Es un evento. Es el blockbuster del verano. Ha logrado cifras de taquilla que el Big Three original jamás soñó. ¿Es mejor anime? Visualmente, sí. ¿Narrativamente? No le llega a los talones a la complejidad de la Cumbre de los 5 Kages o Marineford.
Si Bleach y Naruto tuvieran un hijo, y ese hijo sufriera depresión, sería Jujutsu Kaisen. Gege Akutami entendió perfectamente lo que busca la audiencia moderna: un sistema de poderes complejo (la Energía Maldita es fascinante) y consecuencias reales.
A diferencia del Big Three clásico, donde los buenos casi siempre ganaban y revivían, en JJK la gente muere. Los mentores fallan. El protagonista sufre. Este tono oscuro resuena con la Generación Z. Además, JJK logró romper internet varias veces (el incidente de Shibuya es historia de la animación). Su problema es que, al ser más corto y directo, su “reinado” se siente más fugaz.
Aquí entra una categoría interesante. Chainsaw Man no quiere ser el rey de los niños, quiere ser el rey de los inadaptados. Tatsuki Fujimoto trajo el cine, el caos y la falta de lógica al shonen. Es parte de un “Trío Oscuro” que se aleja de los valores de “amistad y esfuerzo” de la Jump clásica. Son series increíbles, pero ¿pueden ser pilares de la industria? Son demasiado nicho, demasiado violentas o demasiado extrañas para ser el “Mickey Mouse” del anime como lo fue Pikachu o Goku.
My Hero Academia fue, durante mucho tiempo, el elegido. Tenía todo para ser el nuevo Naruto. Y durante años lo fue. Pero su recta final dividió a la audiencia. Se sintió alargado y, a veces, carente de la madurez que sus competidores (JJK) sí ofrecían. MHA es un excelente puente entre la vieja y la nueva escuela, pero le faltó ese “golpe final” para sentarse en el trono indiscutible.
Pongamos las cartas sobre la mesa con una comparativa directa. La nostalgia a veces nos ciega, pero la tecnología no miente.
El Big Three original eran maratones. Necesitabas 50 capítulos para que la trama avanzara significativamente. Esto permitía un desarrollo de personajes secundarios brutal (conocemos la vida de cada ninja de Konoha), pero hacía que el visionado fuera tedioso. La Nueva Generación es un sprint. Van al grano. En 24 episodios de Jujutsu Kaisen pasan más cosas que en 100 de Bleach.
Veredicto: Gana la nueva generación en ritmo, pero pierde en profundidad de mundo y apego a los secundarios. Lloramos más con la muerte de Jiraiya que con cualquier muerte reciente, porque pasamos 10 años con él.
No hay color. Lo que hace MAPPA o Ufotable hoy en día, integrando 3D, CGI y composición digital, está a años luz de la animación estándar de 2005. Sin embargo, hay un “alma” en la animación imperfecta y dibujada a mano de los momentos cumbre de Naruto Shippuden que a veces se pierde entre tantos efectos de partículas de Demon Slayer.
Veredicto: gana la nueva generación por KO técnico, pero el estilo artístico de los clásicos tiene más identidad propia.
Luffy, Naruto e Ichigo son iconos pop globales al nivel de Spider-Man. Tanjiro, Itadori y Deku son extremadamente populares, pero, ¿serán recordados en 20 años con la misma intensidad? Tanjiro es un pan de Dios, un personaje plano (en el buen sentido). Itadori es una víctima de su trama.
Veredicto: El Big Three original creó mejores protagonistas; la Nueva Generación crea mejores villanos y secundarios (Gojo Satoru, Makima, Sukuna).
Llegamos a la conclusión editorial. No, no existe un Nuevo Big Three. Y no es porque las series nuevas sean peores, es porque el trono se ha democratizado.
El “Big Three” fue un muro de contención que protegía a la industria, pero también la estancaba. Hoy, el éxito es rotativo.
En primavera domina Demon Slayer.
En otoño domina Jujutsu Kaisen o Chainsaw Man.
En invierno aparece una sorpresa como Frieren o Solo Leveling.
Vivimos en la era del “hype del mes“. El mercado es demasiado grande, hay demasiadas plataformas (Crunchyroll, Netflix, Disney+) y demasiadas opciones para que solo tres títulos acaparen el 80% del mercado.
Ya no es una carrera de fondo de 15 años; es una carrera de relevos explosivos. Quizás no tengamos 3 reyes, pero tenemos 10 príncipes peleando por la corona cada temporada, y eso, para nosotros los espectadores, es mucho más saludable. Nos obliga a no casarnos con una sola serie y a explorar géneros y estilos que antes ignorábamos por estar viendo el capítulo 400 de relleno de Naruto.
Mientras avanzamos por 2026, vemos cómo el ciclo se cierra. One Piece prepara su despedida (eventual), y las “nuevas” series como JJK y MHA ya han cerrado o están cerrando sus ciclos en el manga. Estamos a las puertas de otro cambio generacional.
¿Quiénes vienen ahora? Títulos como Kagurabachi, Sakamoto Days o Dandadan están levantando la mano. La industria no se detiene. Quizás la lección más importante es dejar de buscar a los “sucesores” y empezar a disfrutar las obras por lo que son, sin la pesada sombra de tener que ser el próximo Naruto.
El Big Three ha muerto. ¡Larga vida al anime!
En Hub Anime nos tomamos en serio la precisión. Este análisis editorial sobre el “Big Three” y la nueva generación del anime se apoya en los siguientes artículos especializados y anuncios oficiales:
Selección de fuentes y contraste de datos por el equipo de Hub Anime.