Hay renovaciones que se celebran y renovaciones que se aceptan con resignación. Y luego está lo de One Punch Man temporada 3: un anuncio de otros 12 episodios para 2027 que se siente más como una amenaza cósmica que como una buena noticia…
En teoría, cerrar un tramo de temporada con la aparición del gran jefe de la Asociación de Monstruos debería ser un punto álgido. En la práctica, el enfrentamiento de Saitama contra Orochi no es más que la repetición mecánica del chiste más básico de la serie: llega Saitama, lanza un puñetazo, se acaba el conflicto.
La serie intenta vestir este momento como clímax dramático: música triste, reflexión interna de Saitama sobre la trayectoria de Orochi y un amago de empatía hacia el monstruo “más fuerte” antes de volver a la misma idea de siempre, su aburrimiento existencial. El problema no está en el concepto (que en la primera temporada funcionaba bien) sino en la ejecución: aquí la escena se siente totalmente inmerecida, como si la serie quisiera forzar una reacción emocional que no ha construido.
Más que emoción, lo que produce este tramo es alivio: alivio de que por fin termine un desarrollo que se veía venir desde el primer segundo en el que Orochi asoma la cabeza.
El núcleo del problema de este cierre, y de la temporada en general, es que One Punch Man ya no sabe qué hacer con su propia premisa. La idea del héroe invencible y aburrido funcionaba cuando se usaba para desmontar clichés de shônen y subir la apuesta en términos de dirección, ritmo y humor.
Aquí, en cambio, la fórmula se ha convertido en rutina:
El resultado es un capítulo que se siente vacío: ni sorprende como parodia, ni conmueve como drama, ni deslumbra como espectáculo de acción. Y, encima, intenta vender ese vacío como si fuera una reflexión profunda sobre el hastío del protagonista. El efecto es más irritante que melancólico.
Que este episodio no funcione como final no significa que todo sea un desastre absoluto. Hay detalles aislados que salvan el visionado del total naufragio y recuerdan por qué la franquicia tuvo tanta fuerza en su día.
El veredicto final sobre este episodio es demoledor en su sencillez: es un capítulo completamente promedio que jamás recibiría tanto escrutinio si no arrastrase el nombre de una de las primeras temporadas más impresionantes del anime moderno.
Este cierre y, por extensión, toda la temporada, parece conformarse con vivir de las rentas de aquella primera entrega: el recuerdo de una animación espectacular, una dirección afilada y una parodia con algo que decir. Aquí casi todo eso se ha diluido:
Que ya se haya anunciado otra tanda de 12 episodios para 2027 no genera ilusión, sino cansancio. Si continuar más allá de la primera temporada ya era una apuesta arriesgada, seguir arrastrando esta versión descafeinada de One Punch Man solo confirma la sensación de que estamos ante una franquicia que no sabe cuándo parar.
Si alguien se plantea aprovechar las vacaciones de fin de año para “ponerse al día” con esta temporada, la recomendación es tan clara como dolorosa: es mejor volver a ver la primera temporada. No por nostalgia gratuita, sino porque ahí sigue estando todo lo que hizo grande a la serie: la sorpresa, la contundencia visual, el ritmo y la capacidad de reírse del género sin convertirse ella misma en una sombra triste de aquello que parodiaba.
Este supuesto “final” de temporada no solo no arregla esa caída, sino que la subraya. Y con otros 12 episodios ya en el horizonte, la pregunta que queda flotando no es si Saitama seguirá siendo invencible, sino cuánto más podrá resistir la paciencia de los espectadores que se enamoraron de él cuando el chiste aún tenía fuerza.
Información de base vía Anime News Network. Análisis y perspectiva editorial por Hub-Anime.